Ojalá que la victoria conseguida el lunes por la noche en el emotivo partido disputado ante Tigre, le permita a Quilmes marcar un antes y un después en el torneo y que potencie sus posibilidades en el tramo final del campeonato.
Si bien todos los triunfos valen tres puntos, hay partidos que marcan campañas. Por distintos motivos: uno de ellos es el envión anímico; la confianza que genera uno u otro triunfo son diferentes y para darle la relevancia que corresponde mucho tiene que ver de la manera en la que se gana y a qué rival se supera.
En ese contexto, la forma del triunfo ante Tigre no estuvo relacionada con lo vistoso, sino más bien con lo efectivo y lo práctico. Llegó poco pero convirtió dos goles. Reaccionó ante el empate del rival y con uno menos por la expulsión de Rodrigo Moreira a las 51 minutos, encontró el segundo gol. Lo supo defender con mucha entrega y aplicación. Logró llevarse tres puntos que lo metieron otra vez en el grupo de los cuatro.
El rival es uno de los mejores de la categoría, con un poderío innegable tanto afuera como adentro de la cancha. Tigre fue creado para transitar sin problemas el camino del regreso a la máxima categoría, pero esto es fútbol.
Lo más importante de lo ocurrido en el Centenario fue la manera en la que se ganó: fue con el corazón abierto que los jugadores pusieron sobre el campo de juego, entendiendo el partido como si fuese una final y trayendo en el recuerdo aquella mini-serie con Agropecuario, Defensores de Belgrano y Atlético de Rafaela que le permitieron soñar al Mundo Quilmes con la posibilidad de retornar a Primera División.
Lo positivo es que si el Cervecero consigue terminar entre los cuatro primeros le espera este tipo de partidos y el equipo parece preparado para poder afrontarlos.
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