La confesión de parte llegó en boca del propio ministro de Economía, Luis Caputo, quien al ser consultado durante una entrevista televisiva calificó la controvertida «movida» de vender reservas en oro como “muy positiva”. “Tener oro en el Central es como tener un inmueble adentro, no lo podés usar para nada. En cambio, si tenés ese oro afuera le podés sacar un retorno, y la realidad es que el país necesita maximizar los retornos de sus activos”, justificó en LN+.
Lo que Caputo sugirió es que la salida de las reservas en oro del país es una maniobra para especular rendimientos. El oro se deposita en una entidad del exterior que lo utiliza como garantía, y a cambio, el Estado argentino obtiene parte de las ganancias, una estrategia que parece más cercana a la especulación financiera que a una gestión prudente de los recursos nacionales.
Caputo insistió: “Tenerlo encerrado en el Central sin hacer nada para el país es negativo, entonces es mejor tenerlo custodiado afuera para que te paguen algo”. Sin embargo, no dio precisiones sobre la cantidad de lingotes ni su valor, lo cual aumenta la incertidumbre y la falta de transparencia en esta operación. Estimaciones indican que se trataría de alrededor de 450 millones de dólares.
La economía según Caputo
Por otra parte, el titular del Palacio de Hacienda trató de convencer de que la crisis económica desatada tras la puesta en marcha de su plan está “pegando la vuelta” hacia una recuperación, y sugirió que la falta de evidencia de esta mejora es simplemente una falta de percepción por parte de la población. “Los números de la actividad económica de mayo confirmaron la recuperación y que marzo había sido el piso», afirmó. Sin embargo, añadió con un tono que rozaba el cinismo: «La gente no lo va a sentir en seis meses, pero es una recuperación fenomenal».
Estas declaraciones resultan especialmente críticas cuando la realidad en las calles muestra un panorama completamente diferente. La inflación sigue galopante, el poder adquisitivo se erosiona y las expectativas de mejora son, en el mejor de los casos, inciertas. La falta de evidencias tangibles y la confianza ciega en una recuperación futura sin fundamentos sólidos sólo alimentan el escepticismo y la frustración de la población, que sigue esperando medidas concretas y eficaces para mejorar su calidad de vida.
