La apertura comercial preocupa, con razón, a buena parte de la industria. Pero la misma herramienta que trae competencia también puede servir para bajar costos, modernizar procesos y mejorar la competitividad.
Cada vez que se abren las importaciones vuelve el mismo debate: cuánto daño le hace la competencia externa a la industria local. Para muchas PyMEs, el ingreso de productos importados es una amenaza directa, y esa preocupación es legítima. Pero la discusión suele plantearse de una sola manera, como si importar fuera únicamente el problema. También puede ser parte de la solución.
Ahí está la paradoja. La importación aparece primero como un enemigo, porque introduce competencia. Usada de forma estratégica, puede convertirse en un aliado.
El impacto, además, no es igual para todos. El ingreso de productos del exterior puede golpear con más fuerza a los eslabones de la cadena productiva que agregan poco valor. Para las empresas que producen o transforman bienes, en cambio, la apertura comercial también puede abrir posibilidades.
Los números ayudan a ordenar la discusión. Según el INDEC, en los primeros ocho meses de 2026 la Argentina importó bienes por USD 48.999 millones. El 70.6% correspondió a bienes intermedios, bienes de capital y sus piezas y accesorios, es decir, a lo que las empresas usan para producir. Los bienes de consumo representaron el 14,7% del total.
No es una novedad. Históricamente, cuando la industria argentina crece, también crecen las importaciones, porque muchos de los insumos que utiliza la producción nacional provienen del exterior. La realidad de las cadenas productivas actuales es más compleja que la idea de que acá “solamente se ensambla”. No hay ningún país del mundo que produzca absolutamente todas las partes de un bien final. Las cadenas productivas globales funcionan, justamente, sobre la base de la especialización.
¿Qué puede hacer entonces una PyME? Veo dos caminos concretos. El primero es incorporar maquinaria importada que mejore la tecnología de producción y aumente la eficiencia de los procesos. El segundo es importar de manera directa aquellos insumos clave que tienen una incidencia significativa en el costo del producto final. Si esos componentes pueden obtenerse a un costo menor, mejora la estructura de costos y la empresa puede competir en mejores condiciones frente al producto terminado que llega de afuera.
Nada de esto es sencillo, ni resuelve por sí solo los problemas de fondo. Para que nuestras empresas sean plenamente competitivas también hacen falta reformas estructurales, y esas no dependen de ellas. Tampoco se trata de importar por importar: hay que planificar la inversión, evaluar qué tecnología incorporar y analizar con cuidado qué insumos conviene traer.
Pero la decisión de invertir en maquinaria y de optimizar costos a través de la importación de insumos sí depende directamente de cada empresa. Las PyMEs que empiecen ahora a mejorar su estructura productiva estarán mejor posicionadas para competir en un mercado cada vez más integrado.
La importación puede ser la competencia. Bien utilizada, también es la herramienta para enfrentarla.
