El año que se va dejó una constatación ineludible: la televisión abierta argentina se aferra al pasado conocido, pese a los magros resultados que esto le genera. En un contexto de caída sostenida de la audiencia, la pantalla chica nacional parece haber renunciado a la innovación como una posible vía de salida al ocaso que enfrenta desde hace ya varios años, incluso antes de la irrupción masiva del mundo digital en la vida cotidiana.
Incapaz de competir con los voluminosos presupuestos de los servicios de streaming y las redes sociales, la TV abierta local ha adoptado una estrategia que parece condenarla al fracaso: reciclar los mismos programas, con los mismos panelistas y protagonistas, abordando las mismas temáticas una y otra vez. Este modelo repetitivo y predecible, lejos de ofrecer una experiencia renovadora, termina por desgastar incluso a los televidentes más fieles.
La ausencia de ficciones originales y la crisis económica que afecta a la producción televisiva han contribuido a transformar la televisión abierta en una suerte de gran programa ómnibus. Los canales parecen conectados en un continuado temático y discursivo, donde los formatos se diluyen y las propuestas se homogeneizan hasta el agotamiento. Esta falta de diferenciación no solo afecta la calidad del contenido, sino también la capacidad de captar nuevas audiencias, especialmente entre las generaciones más jóvenes, que ya encuentran en otras plataformas las historias y formatos que buscan.
En este panorama, la televisión abierta argentina enfrenta el desafío de reinventarse para no desaparecer del todo. Sin embargo, la resistencia al cambio y la falta de inversión en creatividad y nuevos contenidos parecen ser barreras insalvables, al menos por ahora. El 2024 será un año clave para observar si los canales deciden finalmente apostar por la renovación o continuarán hundiéndose en la inercia de lo conocido, condenándose a ser una mera sombra de lo que alguna vez fueron.
