La nieta de una anciana de 93 internada en la Clínica San Martín denunció que el sanatorio de Ezpeleta mantiene a su abuela atada en una cama, desnuda, mojada y sin una asistencia adecuada para atender un cuadro de neumonía por el que fue ingresada, luego de superar, supuestamente, el coronavirus. Según la denuncia radicada en la comisaría sexta, los médicos dieron información vaga sobre la situación de la paciente, ninguno se identificó y hasta señalaron que no cuentan con habilitación oficial para trabajar allí.
María Vicente Rocco, de 93 años, fue internada el 12 de octubre, a través del PAMI. Fue derivada sin una ambulancia y le practicaron un hisopado que dio positivo al coronavirus.
Su nieta Angie Violini se mantuvo aislada hasta el 31 de octubre, día en que visitó a la abuela. La jubilada ya estaría recuperada, pero con asistencia respiratoria por las secuelas pulmonares sufridas.
El relato, que fue hecho ante la comisaría sexta, indica que «luego de esperar una hora aproximadamente, se presentó un señor que dijo ser médico, quien se negó a darme su nombre y apellido y me pasó un reporte vago, que leía textual desde su celular. Como el informe difería ostensiblemente de los reportes diarios, que entre otras cosas decía que ya no tenía COVID-19, únicamente secuelas pulmonares, le pedí ver los análisis que se le habían practicado a mi abuela y me contestó que eran confidenciales. Luego le pedí pasar a verla aunque sea de lejos y me respondió que no podía pasar porque no estaba en la lista».
«Luego de esperar una hora más, me permitió pasar. Mientras nos dirigíamos a la habitación de mi abuela, quien se encontraba en el piso (porque ya no tenía el virus), le consulté dónde se había recibido y no me contestó (dijo ser dominicano), inquieta le pregunté si se recibió en Argentina y me contestó: ‘no tengo documentación, si quiere llame a la Policía'».
«En las dos horas interminables de espera, pude notar además el deterioro de las instalaciones (vidrios rotos de la puerta de entrada, cables eléctricos a la vista), las condiciones de higiene y peor aún, la prueba hidráulica del matafuegos de la sala de espera, vencido».
«Cuando llegué a la habitación, encontré a mi abuela atada de las dos manos, mojada en un charco de agua, puesto que la vía del pie se desconectó y mojó la mitad de la cama, sábanas de arriba, de abajo y frazadas (tenía neumonía), la máscara de oxígeno corrida a la altura del mentón, la boca seca y totalmente perdida en tiempo y espacio, pidiendo con voz entrecortada agua. Estaba desnuda, siendo que le habíamos llevado ropa».
